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Los pies, el transporte preferido de los africanos

Los caminos en África no tienen nombre. Tiempo atrás, las personas emigraban de lugar como si fueran un ejército de hormigas, uno detrás del otro se trasladaban por miles de kilómetros. Durante el transcurso del viaje, algunas familias dejaban al grupo y se asentaban en algún terreno por el que cruzaban.

Las veredas que se formaron durante esos viajes, pasaron a ser rutas de comercio, creados por las personas que se alejaban de los grupos. Memorizar estos caminos y transmitirlos a los jóvenes fue esencial para la supervivencia de las tribus. No existían calles, ni nombres. Las estrellas eran los faros nocturnos y el sol dirigía a los atrevidos aventureros que cruzaban un desierto innavegable.

Por eso, el africano tiene el hábito de viajar por vía terrestre, como los Bereberes en el Sahara se deslizan de un oasis a otro sobre montañas de arena, y los Beduinos son los eternos nómadas que conocen el temperamento del desierto.

La pequeña tribu Bantú, oriunda de Nigeria y Camerún, ha viajado de esta forma, hacia el sur del continente de manera gradual y misteriosamente poblando toda África subsahariana.

Y los Boers es la única tribu de piel blanca que considera al continente africano su tierra natal, ellos dejaron sus nidos en Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, para emigrar hacia el núcleo de este país donde encontraron oro en Johannesburgo y formaron un gobierno en Pretoria.

Sin embargo las grandes migraciones tuvieron su fin, pues durante la colonización de África, el europeo, feroz colonizador que se sintió desorientado sin nombres en las calles, se negó a desarrollar civilizaciones en el continente. Temía la abundancia de África (desiertos, ríos imposibles de vadear, selvas gruesas y árboles rascando el cielo) y los aterradores sonidos provenientes del vientre del continente, por lo que se dedicó a estacionar sus barcos en los puertos africanos para después abandonar el lugar, eso sí, cargado de hierbas exóticas, minerales y esclavos.

Hoy, el transporte terrestre que conecta al continente es irritante, insoportable e inconveniente. En comparación del africano, el europeo, con la tradición de nombrar calles y poblados, sufre una terrible desconfianza hacia su memoria.

Los caminos y carreteras de África se caracterizan por sus peligrosos hoyos y decoraciones de posguerra. Por ejemplo, la vía que va de Sudáfrica a Maputo, capital de Mozambique, aún se ven los restos de vehículos destruidos por bombas que nadie ha tenido el cuidado de retirar.

Y la deficiente infraestructura en este continente es notoria, pues un cargamento de productos originarios de Maputo, tardan más en llegar a Dar-es-Salaam, la capital de Tanzania, que a Chicago, en los Estados Unidos, a pesar de que ambas ciudades africanas sólo están separadas por mil 395 kilómetros.

En comparación con estas naciones africanas, Sudáfrica ha experimentado una enorme aceleración económica gracias a su aceptable infraestructura entre sus ciudades más importantes. Ningún otro país goza de venas tan saludables en todo el continente negro.

Aquí las carreteras se renuevan constantemente y las autopistas son modernas, aunque el método de transporte preferido por el africano continúa siendo caminar. En los safaris y en algunas regiones donde el nefasto residuo del Apartheid aún existe, es necesario llevar una o dos llantas de repuesto.

Quizás el beneficio de Sudáfrica sea la geometría fría y cuadrada de sus ciudades, elemento al cual la mente africana, acostumbrada a ver el cielo y volverse polvo con la tierra, aún no comprende.

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