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Las relaciones al nivel de los Estados

SI BIEN FRANCIA figuró entre los últimos años países de Europa en entablar relaciones diplomáticas con la flamante nación mexicana, eso se debe a la estrecha alianza entre los Borbones de París y de Madrid. La revolución de julio de 1830 puso fin a este absurdo y la monarquía oficialmente la independencia de México. Sin embargo podemos hablar de un imperialismo francés, el cual explica tanto la Guerra de los Pasteles (1838- 1839), como la Intervención francesa (1861- 1867). Entre 1826 y 1860, años tras año, los informes comerciales, consulares y diplomáticos familiarizaban a París con la idea de “el gran proyecto”, “un reino francés” en el Norte, “crear una monarquía fuerte”, “regenerar a México”. En 1838 París sólo quería obtener por fin el tan esperado tratado de comercio favorable a los intereses franceses.

Los primeros cuarenta años de vida nacional vieron llegar a México una importante inmigración francesa, simbolizada por los famosos Barcelonnette venidos de los Alpes del Sur, que no tardó un ejercer cierto papel económico. En cuanto a los contactos culturales, basta con citar la correspondencia entre Benjamin Constant y Carlos María de Bustamante o el encuentro entre Lucas Alamán y el abad de Pradt.

La suspensión de 1861 del pago de la deuda externa provocó el enfado de España, Inglaterra y Francia, pero Francia se quedó sola para romper relaciones y enviar una pequeña fuerza armada que fue derrotada en Puebla el 5 de mayo de 1862. La intervención francesa se encuentra contada en otra parte de este libro, no hay que olvidar el apoyo otorgado por Víctor Hugo a la causa liberal mexicana: “No os hace la guerra Francia; es el imperio. Estoy con vosotros… el atentado contra la República Mexicana es un atentado contra la República Francesa”.

Después de la intervención francesa, no solamente los franceses que vivían en México no fueron molestados, sino que entre mil y dos mil soldados pudieron quedarse tranquilamente en el país. Después de la derrota de Maximiliano las relaciones diplomáticas se suspendieron por trece años, hasta el primer periodo presidencial de Porfirio Díaz, el caballeresco adversario del ejército napoleónico.

A fines del siglo XIX, la presencia económica francesa había adquirido una gran importancia en todos los sectores, tanto en el comercio, con la creación de los grandes almacenes comerciales, como en la industria textil, metalúrgica, minera, en los ferrocarriles y, finalmente, la banca. Para 1902 los franceses detentaba el 60% de los capitales invertidos la banca y en 1910, el capital francés invertido en agricultura, comercio e industria, en las solas empresas enteramente franceses, alcanzó un total de 626 millones de francos (250 millones de pesos). Si uno suma deuda, banca, ferrocarril, servicios públicos, minas, industria, comercio, petróleo, etc., se cuentan 2,401 millones de francos (964 millones de pesos).

La intervención no aminoró la influencia de la cultura francesa, aunque provocó por un tiempo un fuerte resentimiento en especial en las filas republicanas, resentimiento que desapareció con el II Imperio Francés en 1870. México celebraba cada año la fiesta nacional francesa del 14 de julio y el centenario de la Revolución Francesa fue abundantemente difundido en la prensa mexicana. Por su lado, los franceses comenzaban a ver a México no sólo como un país en donde invertir, sino que se mostraban atraídos por su cultura, especialmente por el México prehispánico.

El arquitecto Antonio Rivas Mercado, formado en Lyon, encabezó como director de la Academia de San Carlos, el afrancesamiento de la arquitectura mexicana. La literatura, así como las artes editoriales y plásticas, participaron del mismo movimiento: Rivas Mercado mandó a París al joven becario Diego Rivera.

En vísperas de la Revolución Mexicana, la influencia francesa se encontraba en su apogeo, desde las fiestas hasta en la comida, pasando por las tiendas, los clubes y restaurantes, las ideas y las ideologías. La marca de los jacobinos franceses sobre los constitucionalistas de 1916-1917 pertenece a este capítulo de las relaciones entre nuestros dos países, de la misma manera que la separación entre el Estado y la Iglesia ocurrida en Francia en 1905, se debió mucho al antecedente mexicano.

La Primera Guerra Mundial puso fin a esta relación muy estrecha. A partir de 1914 la política exterior francesa hacia México perdió importancia para volcarse enteramente a la lucha en Europa. En agosto de 1914, el Gobierno francés confió la protección de sus nacionales y de sus intereses en México a los Estados Unidos. Después de la guerra Estados Unidos era ya la potencia mundial que desbancaba a todos las potencias europeas: México se quedó solo frente al poderoso vecino del norte. Los franceses, tanto los de México como los de París, al igual que los otros extranjeros, no vieron venir la revolución y fueron sorprendidos por la rápida caída de Porfirio Díaz quién escogió, lógicamente, París para pasar los últimos años de su vida, acompañado también por quien fue su poderoso ministro de Hacienda, el mexicano de sangre francesa, José Yves Limantour.

Para financiar su esfuerzo de guerra, Francia tuvo que liquidar sus intervenciones en el mundo. Luego de la disminución de su presencia económica, empezó la erosión más lenta, de su influencia cultural. Es cierto que hasta la Segunda Guerra Mundial, el idioma francés figuró en el programa de la Secretaría de Educación Pública y que el fundador de la famosa escuela mexicana de cardiología, el doctor Ignacio Chávez, era todavía un representante de la influencia francesa en el campo de la medicina; pero esos son ejemplos de resistencia, no de dinámica.

Desde París se vio con interés el desarrollo de la Revolución. En 1911, la victoria de Madero es analizada como “la única de todas las revoluciones latinoamericanas hecha en nombre de reivindicaciones legítimas. Sus ideales son más fuertes que las ambiciones personales y parece concluir con el triunfo de los civiles sobre los militares”. Diez años después la posición francesa era resumida así por Aristide Briand, titular del Ministerio de Asuntos Exteriores:

“Nuestra acción debe ser dictada por las inversiones francesas que representan grandes intereses… para protegerlos tuvimos que alinearnos con la política de los EEUU, celosos de cualquier intervención en México… Nuestra política ha sido más flexible (que la de los EEUU)… No podemos adoptar el tono amenazador usado en vano durante diez años por los EEUU en México. La experiencia nos enseñó que en las revoluciones de América del Sur [sic] es mejor negociar y lograr un compromiso que quedarse en la reserva”.

La Segunda Guerra Mundial vino, de manera paradójica, a sucitar relaciones más estrechas entre México y Francia. En 1942, México se decidió a favor de la Francia Libre del general De Gaulle, con sede en Londres, y rompió las relaciones diplomáticas con el Gobierno de Vichy, el del mariscal Pétain y de la colaboración con la Alemania nazi. Diplomacia, estrategia, ideología y cultura se entrelazaron durante una guerra mundial entre la democracia y el totalitarismo. Alfonso Reyes escribió para Radio France Libre unas páginas hermosas sobre la Francia eterna, la de las Declaraciones de los Derechos del Hombre, de Libertad, Igualdad, Fraternidad. Jacques Soustelle, que había llegado a México como joven antropólogo en 1935, en su calidad de agregado militar en México, se puso al servicio de la Francia Libre con tal éxito que la colonia francesa abrazó la causa degolista. Los intelectuales y artistas mexicanos lo ayudaron mucho.

México recibió y fascinó a André Breton, Benjamin Péret, Roger Caillois, Jules Romains. La Francia Libre tuvo una editorial literaria de primera calidad bautizada Quetzál, el ave fénix americano… La liberación de París fue saludada por Alfonso Reyes en tres movimientos, Francia para el mundo, Francia para nosotros, Francia eterna.

Durante y después de la Guerra Fría, México y Francia no tuvieron desacuerdos serios; incluso México manifestó una indulgente amistad cuando, cada año entre 1955 y 1961, se abstuvo de votar la condena a Francia en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, por la Guerra de Argelia. La Cuarta República, atrapada en sus guerras coloniales y en la inestabilidad de sus Gobiernos efímeros, no podía dedicarle mucho tiempo a un México cuya población, en rápido crecimiento, no tardaría en rebasar la de Francia.

A la Quinta República, nacida violentamente en 1958, le tocó la primera visita de un presidente mexicano, Adolfo López Mateos, en 1963. Al año siguiente el presidente De Gaulle llenó el Zócalo de la Ciudad de México, se ganó al público con su famosa frase: “Los dos pueblos, la manó [sic] en la manó [sic]” (con acento francés): le comentó a su colega Adolfo López Mateos lo difícil que era gobernar: “un país que tiene doscientas variedades de queso… o de chile”. El general devolvió a México las banderas mexicanas que el mariscal Bazaine había mandado a París cien años antes.

Casi todos los presidentes mexicanos desde Luis Echeverría visitaron Francia, y a México vinieron Valéry Giscard d’Estaing, Francois Mitterand, Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy. Las relaciones entre los dos países se han desarrollado dentro de un marco de buena voluntad compartida, motivada en gran medida por el nuevo entorno internacional, los esfuerzos de paz en Centroamérica, la transición democrática en México. La frecuencia de los contactos de alto nivel, la existencia de acuerdos vigentes que constituyen el marco político, económico y cultural de la relación bilateral, así como la actividad de las representaciones diplomáticas de ambos países, evidencian el interés permanente y la voluntad de dar un nuevo impulso a las relaciones francomexicanas.

Las dos partes lamentan de común acuerdo que las relaciones económicas no se encuentren al mismo nivel que las que existen entre Brasil y Francia; trabajan para lograr una verdadera Alianza estratégica para enfrentar retos comunes (título del documento final de la Comisión Binacional de 2004). Como símbolo de los que se vivió en el pasado y de lo que podría vivirse en el futuro, el Gobierno mexicano otorgó, en el marco de la celebración del Bicentenario de la Independencia, el Águila Azteca al premio Nobel de Literatura, el francés Jean- Marie Le Clézio.

Jean Meyer.
CIDE
México.

Libro: Dos siglos, Dos naciones. Francia y México. Ediciones Miguel Alemán.México, 2011. 

 

 

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