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Georges Moustaki, el trovador de la ternura

 

Con autorización expresa de la revista Proceso y de su autor Roberto Ponce, jefe de espectáculos  del  prestigiado semanario; Mundo de Hoy se permite reproducir la semblanza que el periodista ofrece a raíz de la muerte de Georges Moustaki, el trovador de la ternura, (publicada este 28 de mayo en la versión diario digital de Proceso), que él siempre fraterno y generoso también músico, escritor y rockero – de la ala rupestre, pero finalmente del mismo pájaro-  comparte con nuestros lectores.

 

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Roberto Ponce

28 de mayo de 2013

Reportaje Especial/ Proceso

 

Georges Moustaki, quien acompañó con sus canciones inolvidables el movimiento del 68 francés, se retiró hace dos años de la música aquejado por males respiratorios, y el jueves 23 falleció en Niza, Francia, a los 79 años. Nacido Joseph Mustacchi en Alejandría, Egipto, en 1989 redactó su libro de recuerdos que prologó el escritor brasileño Jorge Amado, de donde hemos extraído algunos pasajes; asimismo ofrecemos fragmentos de la entrevista que dio a Proceso, previa a su presentación en la UNAM en mayo de 2002.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En “Cantor de la libertad y del amor”, la introducción para la autobiografía de Georges Moustaki Las hijas de la memoria, traducida al castellano por Claudia Ferrari y Alice Raillard (Gedisa, 1990, 192 p.), el poeta Jorge Amado escribió:

“En este libro hay dos presencias que poseen un peso particular, dos rostros inolvidables que, entre tantos otros, retienen nuestra atención. Uno es la ciudad de Alejandría, donde Georges nació y creció, ‘ese apuesto joven de 17 años’, antes de partir hacia la aventura única de París: única por ser definitiva. El segundo es Sarah, ‘mi madrecita’…

“Alejandría, París y luego los innumerables países y las patrias donde el trovero, el vagabundo errante, canta su canción de amor y de libertad. Ciudadano del mundo, lo recorrió con los pies desnudos, sin prejuicios ni dogmas, fuerte en la lucha contra la opresión, la injusticia, el hambre, la guerra. Tierno poeta de los retozos amorosos, de los encuentros y desencuentros, de lo imprevisto y lo imprevisible, de la eternidad de un tiempo efímero: a veces las pocas horas de un día y el recuerdo indestructible.

“No conozco a nadie como Georges Moustaki que sepa dar, recibir, amar, sin las mezquindades usuales engendradas por las obligaciones y los compromisos.”

 

“Variaciones sobre mi nombre”

 

Escribe Moustaki:

“En el liceo de Alejandría, mis condiscípulos me apodaban moustache (en francés, bigote), afrancesando involuntariamente mi apellido.

“Moustaki, sustantivo común convertido en sustantivo propio, muy común en Corfú, era tal vez un apodo que designaba a algún ancestro bigotón. En la época cuando las islas Jónicas eran parte del condado veneciano, se escribía a la italiana: Mustacchi. También podría derivar del moustos (el mosto de la uva), con el sufijo diminutivo aki. En Turquía, volvemos a encontrar el nombre Moustaki entre los derivados Mustapha (Mistiq’, Mastia, Mustaq’…).

“En Japón, los nombres y las palabras suelen comenzar o terminar por aki, el otoño, o ta-ki, la abundancia y la energía. Mous’taki en su consonancia nipona sería un plato a base de agua de arroz, de pollo hervido y legumbres, generoso y revigorizante.

“En árabe, moustaqui’m significa aquel que es derecho, en el sentido propio y figurado. En Asilah (Marruecos) un grupo de músicos gnaoua me enseñó que moustaqui es el nombre de un “reino” (una forma) musical cuyo color es el amarillo. En Quebec, Max Gros-Louis, jefe de la tribu de los hurones que regresaba de Laponia, me informó que moustaki en esquimal significa “el hombre que tiene pelo en el rostro”.

“Mustacchi, Moustacci, Moustachi, Mustaki, Moustaqui… Quizás esta sea la razón por la cual, en los distintos países que me acogen, me hacen sentir como en casa al reconocer mi nombre. En griego, donde se declinan los nombres propios, Moustaki es el genitivo de Moustakis; hace poco, al sacar mi nuevo pasaporte, el funcionario del consulado de Grecia volvió a transformar una vez más mi patronímico agregándole la “s” que faltaba…”

 

“Mi Alejandría natal”

 

A pesar de la mojigatería que imponen la muy victoriana administración inglesa, la pudibundez del stablishment occidentalizado y el pudor tradicional del Islam, Alejandría conserva toda su sensualidad mediterránea… Vuelvo a ver y revivir Alejandría, ciudad de la siesta y de las noches interminables, donde la agitación conserva una dignidad indolente, donde el aire se carga de olores, de tibieza, de miradas pesadas y de risas ligeras…

“La ternura, la hospitalidad, el humor, me alimentaron tanto como los bañuelos con habas y el jugo de la algarroba. Los muslos blancos y carnosos de las lavanderas en cuclillas, la sombra prometedora de su entrepierna, su expresión pícara cuando las miraba con insistencia sigue aún viva en mi imaginación erótica… Depositaria de una sabiduría milenaria, Alejandría ha acogido las inmigraciones, ha soportado las invasiones con una flema sonriente. Y se enriqueció de todo esto. Como esas bellas cortesanas que liberan su cuerpo y no su alma a los mendigos y a los príncipes que llegan a adorarlas o conquistarlas.

“Ella es el oasis de mis viajes interiores.”

 

Piaf, el encuentro

 

En febrero de 1958, este “judío errante de padre griego”, como se autorretrató Moustaki en su célebre canción “Le métèque” –despectivo francés para los inmigrantes–, sedujo a Edith Piaf, quien acababa de conquistar El Olympia de París y lo llamaba Jo.

Con mi hocico de métèque

De judío errante, de padre griego

Y mis cabellos a los cuatro vientos,

Con mi piel que se ha frotado

Al sol de todos los veranos

Y en todas aquellas que llevan falda…

 

A La môme le dedicó “Milord”, con una de las dos músicas que Marguerite Monot había escrito. En el verano, Moustaki conducía el auto en el que viajaban y sufrieron un grave accidente por Condé-sur-Vesgre. La Piaf estuvo tres meses hospitalizada, y al año siguiente lo invitaría a su gira por Nueva York.

Sigue escribiendo Moustaki:

“Alejandría, la provincial, la universal, me ha forjado, alimentado, y me ha dado forma. Desde mi nacimiento hasta los 17 años, lo que viví y conocí allí prefiguró lo que descubriría y lo que sería más adelante…

“1947. Esa noche, Sarah, mi mamacita, me lleva a escuchar a Edith Piaf a la sala Mohamed Aly. Su repertorio es familiar para el público alejandrino. Al conocerla, ella me confiará que se sorprendió mucho por su popularidad…

“Descubro Norteamérica en enero de 1959. Acompaño a la Piaf, que parte para dar una serie de recitales en Nueva York… Desde hace un año, con Edith, vivimos del amor y de la música. Nuestra diferencia de edad me gana, entre algunos, una fama de gigoló. Pero eso no me afecta. Nuestra pasión se burla de las malevolencias. Me he hecho acreedor a la estima de su empresario y de sus músicos. Son las únicas personas que respeto de todas las que la rodean. Sin embargo, hasta ellos se sorprenden de que Edith se obstine en hacerme cantar. Mis apariciones en la primera parte de sus espectáculos no provocan ningún entusiasmo. Como mucho, obtienen una educada indiferencia.

“Un día, para apoyar mi presentación, ella toma un micrófono fuera del escenario y me hace un contra-canto. El público reconoce la voz y se inflama. Molesto por deber el éxito a su intervención, exploto de rabia. Sigue a continuación una escena surrealista donde el debutante (yo) reprocha con vehemencia a la estrella (ella) de perturbar su turno para cantar. Ella lo hizo por amor. Yo reaccioné por orgullo. Hoy pienso en ello con ternura…”

 

Moustaki en México

 

Durante su visita, el 18 de mayo de 2002, para presentarse en la sala Nezahualcóyotl de la UNAM (Proceso 1332), Moustaki dijo en entrevista con este reportero:

“La memoria es el cofre donde guardo mis tesoros. Son todos mis encuentros, mis emociones, mis alegrías, mis penas, mi música. Y, antes que nada, mis afectos. La primera vez que vine, en 1975, no hablaba nada de español, sólo portugués. Y en 1978 visité el país y tuve ya una mejor idea de México, porque salí del DF, fui a Oaxaca y a Guadalajara, tuve otra relación más íntima y directa, no estaba tan gringo, y la tercera vez me sentí más mexicano después de 10 años, y me presenté aquí mismo en la UNAM. Noté que esperaban mi llegada con mucho cariño y sentí una emoción muy grande, me sentí como en un país hermano. Conozco poco México, pero no me siento extranjero. La atmósfera me ama.”

–¿Problemas por sus ideas políticas?

–Sí pasa, pero como no soy un jefe o líder y además me sucede en sitios en donde hago mi música, pues simplemente no se da en terrenos de enfrentamiento duro. Todos los poetas son mis compadres… Octavio Paz, Jaime Sabines, van más allá de México: son universales. Pero todavía tengo que confesar una falta, y es que no tengo una idea general del mundo cultural mexicano. En cuanto a música sólo conozco los boleros de Óscar Chávez y las canciones de Lola Beltrán.

“Antes que nada, no soy politólogo. Mis canciones son mis emociones ante lo que sucede, sin análisis ni dogmatismo. Cambien o no las cosas, no tengo poder para hacer nada más que reunir gente y cantarles. No puedo imponer nada… Nací en un país en donde existieron los faraones. Esto es muy importante, porque para quien conozca Egipto, sucede lo mismo ayer en épocas de los faraones que hoy. Lo que parece nuevo no lo es porque ya lo vivieron los pueblos.”

–¿Cómo ha vivido los cambios en el mundo, usted que soñaba un mundo mejor en el movimiento estudiantil de 1968 en Francia?

–Todos los días soy un hombre nuevo, con otra mirada y sentimiento del mundo; pero es una recreación personal porque mi información es muy ingenua, simple, elemental. No tengo la llave de saber lo que pasará, ni la solución. Tengo la experiencia, a mi edad, porque he vivido muchas cosas. Pero no poseo la revisión que permita retomar los grandes problemas, que eran los problemas de los sentimientos que dieron origen a la revuelta espontánea del 68, por eso amé ese movimiento.

“Poco importa si duró pocas semanas, lo amé, y amo las verdaderas aspiraciones que sentimos para todos aquellos hombres y mujeres, nuestros sueños de los que estuvimos allí. Tal vez el mundo haya cambiado, pero, desafortunadamente, las cosas no han cambiado para todos en el mundo. El cambio estuvo ahí y la desgracia del ser humano sigue siendo no saber vivir sin matar al prójimo. Eso sigue siendo lamentable.”

Para ir a la liga original http://www.proceso.com.mx/?p=343276

 

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