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Arto Paasilinna: El Revire Finlandés*

Mundodehoy.com.- Con apenas unos cuantos libros traducidos, el finlandés Paasilinna muestra que el humor negro esencial, ese que hermana la muerte y el dolor con la risa, ya comprensiva, ya burlesca, ya de análisis, se da muy bien en latitudes impensadas.

De entre estos títulos traducidos destacan “La dulce envenenadora” y “Delicioso suicidio en grupo”. En la primera estamos ante el típico pariente abusivo (el sobrino político) que estafa y maltrata a la vieja tía para vivir y beber a sus costillas. Llega el momento en que el malandrín y sus compinches golpean de más a la anciana y entonces se desencadena una deliciosa confrontación de sobrevivencia, donde la muerte y el infierno se volverán cosa común para los personajes.

En el “Delicioso suicidio” un par de suicidas coinciden en un granero y deciden no suicidarse. Tras comentar el dolor de un buen porcentaje de ciudadanos, hacen una convención para suicidas y luego de varias peripecias, la banda de suicidas hace un tour en un camión de lujo para recoger a otros desesperados. En el camino parte del grupo morirá, hasta llegar a un final propio del finlandés, donde habrá quien sonría y quien tuerza la cabeza por sentirse burlado por este autor, que no duda en hacer una suerte de road movie al llevar a sus personajes por varios países y peripecias inesperadas, como liarse a golpes con una banda de cabezas rapadas alemanes, usando maniobras de guerra.

Para quienes gustan de la música de Europa del este, donde Kusturica y otros gitanos sobresalen en narraciones fílmicas llenas de ritmos desenfrenados que compelen a brincar (inolvidable Gregovic en Santo Domingo, en el centro del DF), el desarrollo frenético de estas novelas, con sus momentos reflexivos habrán de dejar en mal a Finlandia, a su historia y a sus habitantes. Parte del humor de Arto es criticar y analizar a su gente: “así son los finlandeses”, “así sucede en Finlandia”, repite constantemente: cuando unos suizos les exigen que no se suiciden en su pueblo, el coronel del “Delicioso” contesta que el suyo es un pueblo terco y que no deja de concluir lo que inicia. La historia que se conoce debajo de este discurso ácido hace suponer un país donde la milicia y “el engaño ruso” siguen vivos: los militares nunca quedan bien parados, quienes los recuerdan  mencionan abusos sufridos a manos de éstos o recuerdan haber sido parte de esos abusos. Peor aún, la dulce envenenadora recuerda cómo era ella quien llevaba las riendas en la casa y en la carrera de su difunto marido, el coronel. Es gracias a ese pasado lleno de estrategias y del arte de mandar, como la vieja enfrenta a los drogadictos que en unas páginas pasan de extorsionadores golpeadores a francos asesinos, no por salvajes menos estúpidos. 

En una suerte de metáfora catártica, Arto sitúa a un coronel al frente del comando de suicidas que viajan en busca de compañeros que sufren la vida y la imposibilidad de llegar ya a la muerte. El país ha sufrido y sigue sufriendo por esa milicia que es referenciada como bárbara e ignorante.

En algún momento, cuando unos personajes llegan al infierno, Paasilinna nos recuerda que todos los militares acaban en el infierno, al menos los finlandeses; bueno, en realidad todos los finlandeses acaban en el averno, pero como los militares de ese país pueden ser compadres del mismísimo Satanás, al menos el difunto esposo de la envenenadora, para algunos el infierno no es un mal lugar para estar (ACDC dixit).

La estratificación social se evidencia en sus textos. Buena parte del motor argumental lo es la diferencia de clases y cómo los pobres apenas sobreviven en ese país donde se ayuda a unos y a otros se les olvida, dicen los extorsionadores. Uno de ellos tan tonto como para inyectarse pesticida pensando que es heroína.

Los personajes de Arto viven con alegría el sauna, gloria nacional. Ya sea para meditar sobre la muerte o para aprovechar la borrachera, sus creaciones platican y alaban la experiencia del sauna. Aunado a la alegría de beber (cerveza, vino, vodka, lo que sea, por qué no) esos finlandeses se asumen como borrachos y varios no dejan la cabalgata alcohólica. Sus personajes nos resultan cercanos por los matices que muestran con sus acciones, sus diálogos y las conclusiones del divertido narrador omnisciente, que lo mismo revela los pensamientos de las piedras, que insulta a sus personajes. Además, con un cinismo que nos suena perfectamente mexicano, ese relator acepta que el Estado finlandés contribuye a mantener el alcoholismo “y el abotargamiento de los cuadros medios y superiores de las empresas”. Los funcionarios de Paasilinna están emparentados con las caricaturas de Rius, por responder al estereotipo de la incompetencia y lo absurdo: el policía que descubre el suicidio colectivo itinerante, termina por hacer un escándalo de un no-crimen y muere presa de la presión que él mismo se ha generado al involucrar a la Interpol en este viaje de suicidas, mientras que los demás integrantes de la comisión por él creada se dedican a beber y comer en lujosos lugares a costa del erario: Pirandello y la nota roja en una licuadora.

El humor de Arto nos lleva de nuevo al espejo humano. Ahora con la certeza, quizá más autoreprochable, de que esa fuerza charra y machinesca que los mexicanos esgrimimos para realizar burlas y salvajadas, termina siendo perfectamente identificable con la autodefinición de pueblos ubicados en otros puntos del planeta con el que aparentemente no hay relación, pero que nos obligan a la introspección al evidenciar que cualquier finlandés brotado de la pluma de Arto podría vivir en la filmografía de la llamada época dorada nacional, o ser nuestro vecino con media botella de mezcal adentro.

Sin embargo, luego de leer otras obras de Paasilinna, como “El molinero aullador” o “El año de la liebre”, uno puede aventurar otras conclusiones sobre la obra de Paasilinna, pues estas dos novelas inciden en personajes que, lejos de vivir en ciudades o centros urbanos, aún de “primer mundo”, se sienten más a sus anchas en los bosques finlandeses; no importa que en ellos el molinero se vuelva presa de los humanos que lo repudian por sentirlo diferente a ellos; o que el personaje Vataven (quien al inicio de la novela cura a una liebre, misma a la que termina adoptando como si fuera un animal de compañía) pueda ser cazado por un oso salvaje o por borrachos o burócratas que también lo ven raro: la moraleja es la misma: en las ciudades, las personas viven de tal modo a disgusto, que resultan risibles y por eso siempre es mejor dormir en el bosque (incluso cuando cae nieve y el termómetro baja del cero), nadar en las aguas heladas (de donde incluso es posible recuperar armamento nazi para ser vendido como chatarra), cazar casi a mano limpia y, sobre todo, estar alejados de los latosos humanos que suelen ser incapaces de asumir siquiera la posibilidad de que alguien viva de forma distinta a como sucede en las ciudades. El que el molinero prefiera aullar a hablar, o que Vetaven prefiera cargar con una liebre y luchar por ella con perros, oso y diplomáticos muestra que en el fondo Paasilinna es un romántico incurable y que las remembranzas bucólicas es lo suyo. Pero como esa mirada termina por ser crítica, ha preferido hacerla disfrutable mediante el humor sencillo, que se desplaza como el agua de esos ríos profundos donde no pocos personajes secundarios se dedican a fabricar su propia bebida de alto octanaje alcohólico.

A fin de cuentas, en analogía a nuestro insustituible José Alfredo Jiménez, Arto remarca que: “no hay nada que salga barato en Finlandia, ni morirse, vamos”. Acá tampoco, menos con estas lecturas memorables, traídas por un finlandés de alcurnia tepiteña.

*Este y otros  textos los puedes encontrar en el libro de Ricardo Wolffer: “Humor y cultura”, de editorial Porrúa    

**Ricardo Wolffer Es definitivamente un tipo muy peculiar, por no decir raro; le gustan las películas de El Santo El Enmascarado de Plata, va frecuentemente a las luchas, (se puede tardar hasta una hora para conseguir el autógrafo  de su luchador  preferido, siempre enmascarado y después irse con sus hijos a echar el taco). Esto no tendría nada de raro, a no ser porque es también un devorador de libros, que lee con deleite a Dickens, (uno de sus autores preferidos) así como los clásicos rusos, a la par de las historietas ilustradas de todos los tiempos, amante de vampiros, zombis y fundamentalista de la ciencia ficción,  amén de ser un reconocido jurista y raquetbolista  de media hora, masca chicle y de vez en vez viaja en metro de tenis y lentes obscuros para ir a conseguir películas de arte a los más insospechados rincones capitalinos. Ah! y por si fuera poco, también es el creador del héroe (encapuchado no faltaba más) de la tira cómica Rabaman.  Conoce más de Ricardo Wolffer colaborador de estas páginas

 

                

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