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Bulgakov, el antiburócrata*

Mundodehoy.com.- De Mijaíl Bulgakov (1891-1940) se recuerda El maestro y Margarita. Para algunos, su mejor obra, pero no es la única y poco deja ver del humorista burlón y retador que era este autor ruso, varias veces censurado por sus obras de teatro. A Bulgakov le tocó lidiar con la burocracia rusa cuando ésta apenas comenzaba a ser el monstruo que sería desbaratado a medias con la guerra fría y la “derrota” rusa. Así, no sorprende que el autor se burle de esos oficinistas que ni ayudan ni dejan de molestar, pero que creen estar haciendo muy bien su trabajo. Corazón de perro destaca en ello:

En la búsqueda de la eterna juventud el endocrinólogo Filipovich inserta en un perro la hipófisis y ciertas glándulas de un criminal recién muerto. El animal, en lugar de no envejecer, se convierte en hombre. Al principio, el perro Sharik (globito o bolita) es maltratado: el cocinero de un restaurante le pela el flanco con agua hirviente. Eso le recuerda cómo estafan los guisanderos con sus menús baratos que venden en más de lo que valen. Luego, cuando sigue al científico que lo operará, se entera cómo lucran con los departamentos que otorga el gobierno. Cuando intentan reducir los cuartos que habita el Dr. Filipovich, éste llama por teléfono a un importante funcionario para quejarse; habiéndose asegurado el enorme departamento, lo comunica con los administradores del edificio y así les muestra cómo se actúa en el reino de los superiores jerárquicos y el escalafón del proletariado. Ha pasado casi un siglo desde la escritura de Corazón y la naturaleza del burócrata no ha cambiado: abusivo con los de abajo, obediente con los de arriba. ¿Cuántas veces no se ha repetido esa escena en el México postrevolucionario? Y si en la escena de Corazón se destacan los rostros y gestos de los vapuleados, el humor cáustico sigue su curso. Sharik comprende que el sistema mismo es un laberinto: “¿Qué es la libertad? Un absurdo delirio de esos demócratas infelices”.

Entre las críticas socialistas (el propio Filipovich habla mal del proletariado) Bulgakov filtra el clasismo que la división laboral conlleva: aunque el doctor entiende que todos los trabajos son importantes, siente que su especialización médica no puede compararse con un trabajador manual sin instrucción. Son los inicios de la Unión Soviética y los pobres siguen odiando a los ricos. El perro, al sentirse tratado con demasiada bondad y recibir jugosas comidas, se pregunta si no será “un príncipe perruno desconocido que anda de incógnito”, pues es la única explicación que encuentra para ser respetado y procurado. Además, los pobres de Bulgakov, como buenos resentidos, suponen en el rico todos los defectos: el perro da por hecho que ese riquillo no le dará nada de comer. Cuando recibe un pedazo carísimo de salchichón, se confunde.

En el proceso en que el perro se hace humano vemos tanto las enseñanzas que la calle le ha hecho al animal, como la transformación mental del delincuente del que tomaron los órganos injertados. Al principio, el nuevo humano menciona algunas palabras, pero dice “todos los insultos habidos y por haber en el léxico ruso”. En cuanto camina en dos extremidades, susurra “burgueses” por todo el departamento. Pronto reclama su identificación oficial, pues dice tener derechos… y, no obstante ello, se quita las pulgas de la axila con los dientes: como si fuera perro. También persigue gatos, con lo que casi inunda el departamento. Como buen representante de esa nueva clase obrera, exige su documentación para tener acceso a habitación, comida y demás insumos, pero al recibir la noticia de que también debe registrarse en la milicia, por si hay que luchar “contra la rapiña imperialista”, busca pretextos para no hacerlo. Incluso, los mínimos modales le resultan “tormentos, como en los tiempos del régimen zarista”. Ese nuevo humano (esa nueva clase proletaria) parece más un pícaro que un consciente obrero: gusta del vodka, se niega a pagar los desperfectos causados al perseguir gatos, pellizca a las féminas; y todo lo que no comprende o no le gusta, lo nombra como “contrarrevolución” para desvalorizarlo. Cuando este hombre con corazón de perro ha conseguido trabajo y amenaza la tranquilidad del profesor y su ayudante, así como quitarle parte de su departamento-consultorio, es operado y vuelto a su estado perruno. Al ser buscado por los policías, el profesor les explica que no necesariamente era humano, aunque pudiera haber hablado un tiempo. En el disfrazado caos de la burocracia, donde todas las funciones dependen del gobierno, ¿qué hace persona a ese perro inteligente antropomorfo? ¿Sus derechos o su pícara capacidad de no cumplir con sus obligaciones? 

Esa sátira de un sistema naciente, se encuentra en otros textos. En Los huevos fatídicos estamos ante una historia de ficción (el Dr. Persikov descubre un rayo que da vida), casi un homenaje a Wells, pero vemos un paralelismo con Corazón, pues el personaje central también es un profesor eminente que tiene problemas inmobiliarios y que piensa en huir al extranjero si no le dan el espacio que él necesita. Podemos adivinar el disgusto de Bulgakov al ver cómo los ignorantes reciben el mismo trato que los instruidos: cómo esa revolución social hace peligrar a la academia, incomprendida por un populacho ignorante. Tal vez, si Bulgakov hubiera conocido la revolución cultural habría opinado de otra forma, pero sus novelas traslucen, más que un ataque al socialismo, el embate a la cultura y la dificultad para darle cabida en una sociedad utilitarista, como si viera la inminencia de esa derrota. El proletariado de Bulgakov es abusivo y revanchista: no ha interiorizado su función histórica, ni capta la necesidad de integración en un país con muchas capas socio-económico-culturales.

En la hilarante obra de Bulgakov se muestra cómo los cambios sociales superficiales son el prefacio a la destrucción por parte de esos políticos que no entienden el propósito de su función. Y así le fue al autor.

*Este y otros  textos los puedes encontrar en el libro de Ricardo Wolffer: “Humor y cultura”, de editorial Porrúa    

**Ricardo Wolffer Es definitivamente un tipo muy peculiar, por no decir raro; le gustan las películas de El Santo El Enmascarado de Plata, va frecuentemente a las luchas, (se puede tardar hasta una hora para conseguir el autógrafo  de su luchador preferido, siempre enmascarado y después irse con sus hijos a echar el taco). Esto no tendría nada de raro, a no ser porque es también un devorador de libros, que lee con deleite a Dickens, (uno de sus autores preferidos) así como los clásicos rusos, a la par de las historietas ilustradas de todos los tiempos, amante de vampiros, zombis y fundamentalista de la ciencia ficción,  amén de ser un reconocido jurista y raquetbolista  de media hora, masca chicle y de vez en vez viaja en metro de tenis y lentes obscuros para ir a conseguir películas de arte a los más insospechados rincones capitalinos. Ah! y por si fuera poco, también es el creador del héroe (encapuchado no faltaba más) de la tira cómica Rabaman.  Conoce más de Ricardo Wolffer colaborador de estas páginas


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