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El humor según Bergson

Mundodehoy.com.- Henry Bergson, escritor y filósofo, influyó con su obra muchos campos del saber humano, desde la filosofía hasta la psicología. En La risa presenta varias hipótesis para explicar el humor.
Bergson escribió hace casi cien años, pero su percepción sobre el humor sigue vigente y explica muchos aspectos de la vida nacional que nos hacen sonreír, a veces sin entender muy bien qué está pasando, pero ciertos de que los políticos pueden ser vistos bajo la lupa del humor.
Para Bergson, un presupuesto de la risa es la insensibilidad. Es necesario apartarse de lo emocional para podernos reír; incluso para burlarnos de la tragedia o de alguien a quien queremos, es necesario hacer a un lado cualquier emoción. Como con Fox. Nos burlamos de sus torpezas en la Presidencia de la República (jugar con su comitiva entre las estatuas milenarias de guerreros orientales; ser sorprendido por Fidel Castro; apoyar abiertamente el regreso del PRI a los Pinos, luego de que fuera una de sus cartas de campaña, y muchísimos etcéteras), pero no lo haríamos si pensáramos que el presidente nos representa ante el mundo y es muestra del nivel de la política en México. ¿Cómo explicar las bromas sobre las tragedias nacionales –terremotos, violencia, etc.- sin partir de la base de que las hacemos con una insensibilidad plena respecto de los afectados? Y hablo en plural porque la risa es social. Fuera de su contexto es difícil percibir el sentido humorístico. Será por eso que no nos divierte el expresidentes estadounidense Bush hijo con sus pifias declarativas, que exceden incluso a las de Fox. Desde su primer mandato aparecieron libros para mostrar la ineficacia expresiva del vaquero norteamericano. Bergson añade que esa función social de la risa debe incluso “responder a ciertas exigencias de la vida común”. En México, ante la regular ineficacia de las autoridades y la imposibilidad de remover a los grupos del poder (hay legisladores que llevan décadas pasando de una cámara a otra, intercalando encargos con otros puestos públicos, y ni se diga cambiando de partido según las circunstancias o, de plano, inventando su propio partido para heredarlo) solemos decir que es mejor reírnos de los políticos. Cuando hablamos de la risa social, de inicio se comprende que el humor de un grupo cohesiona a sus integrantes. Si uno no es parte del grupo que en la cantina o en el trabajo cuenta chistes o se burla de alguien, no se reirá, a pesar de escuchar claramente las bufonadas y de conocer al atacado. Y es que la insensibilidad mencionada se refleja en que nos reímos con la inteligencia: ésta trabaja mejor cuando está asociada con otras, por el esfuerzo que representa el poder interactuar.

Bergson nos ayuda a entender la comicidad de los políticos cuando pretenden ser serios y solemnes (suponiendo que lograran hacer un discurso coherente o que sepan de lo que están hablando: las invenciones de la Gran Tagore o de Borgues pasarán a la historia no oficial), al recordar que lo cómico es inconsciente. Sólo ellos no lo ven, el resto sí, pero en cuanto lo perciben, harán el intento de modificar su comportamiento, al menos externo. La risa impulsa a aparentar lo que debiéramos ser. En sus últimas semanas como Presidente, Calderón insistía en despedirse con solemnidad, como si para él fuera una tragedia dejar el cargo, sin percatarse que estaba en un involuntario sketch de Pirandello para llevarnos más a la burla que al respeto.
Pero son cómicos los políticos no sólo con sus acciones, sino también por el aspecto físico adquirido tras años de gesticular para pretender hacer verosímil el discurso comprobadamente falso. “Agravando la fealdad, llevándola hasta la deformidad, veremos cómo de lo deforme se pasa a lo ridículo.”. Los imitadores televisivos funcionan porque exageran los gestos característicos de cada político; la rigidez (inamovilidad) de las muecas (incluso conceptuales: los políticos gustan de reciclar eslogans y discursos) es lo que llama a la risa, pues los aleja de la renovación vital que inspira y caracteriza al ser humano. Recordamos a Fidel Velázquez en su postura inmutable frente a los micrófonos, no como el activista incansable de sus inicios, o a López Portillo, que jamás dejará de llorar en el Congreso de la Unión. Cuando la actitud del cuerpo se traduce en un simple mecanismo dejamos de ser respetables. El gesto repetido hasta el aburrimiento en las campañas políticas se vuelve ridículo. Esa mecanicidad resulta humorística cuando se traslada a lo social, especialmente a las ceremonias. Basta aislar la materia del rito para que la forma nos parezca risible. Y muchos actos políticos lo son porque prácticamente nadie percibe que la razón de su creación sea siquiera buscada. Los informes presidenciales, otrora justificados como un acto de afirmación piramidal, se han modificados según las ocurrencias de los legisladores (máscaras de cerdo, boletas como orejas descomunales, pancartas ocurrentes y supuestamente muy demandantes) o del presidente. Quien busque nuevas formas de catarsis humorísticas, las encontrará fácilmente en aquellas sesiones legislativas (pensadas como una forma de civilidad, donde las diferencias conceptuales no impidieran los consensos) en donde los supuestos legisladores se insultan, se golpean o se arrojan objetos desde la tribuna principal, sin medir la barbarie que representa cualquier acto de incivilidad en un recinto cuyo fin esencial es lograr que la razón de las leyes gobierne al país, mediante la síntesis filosófico-social que deben exponer los representantes del pueblo.

Esa alteración en los trances de los políticos se traslada a cualquier acto donde se imite la deformación humana. Para muchos, el cuerpo humano torcido o mutilado resulta risible: no sólo por la falta de empatía con el posible sufrimiento que ello acarrea a la persona desfigurada, sino por contrastar con la recta función esperable de la extremidad irregular. Bergson apunta dos conceptos: “toda deformidad que puede ser imitada por una persona bien conformada puede llegar a ser cómica” y “tanto más cómico es el efecto cuanto más natural es la explicación de la causa”. En los políticos se acentúa esta fisonomía de lo cómico, porque la voz impostada en los discursos resulta poco convincente ante el restante lenguaje corporal, que comunica precisamente lo contrario: no importa qué tanto dijera Calderón al defender su guerra contra el crimen organizado, la forma en que se vestía, los gestos y los movimientos de su cuerpo eran una señal clara de que él mismo no estaba convencido de su dicho, como tristemente confirmó en su presentación ante la ONU al reclamar el consumo mundial de estupefacientes para dejar una imborrable muestra de la escisión entre el discurso y lo que todo él decía. En las formas humanas lo cómico se emparenta con la rigidez de gestos para hacer a un lado la fealdad del aspecto. Tales muecas son más risibles cuando se repiten mecánicamente: muestran una falta de renovación vital que se supone inherente a toda forma viviente: la vida no se repite jamás. Cuando la vivaz se ha automatizado llama a la risa por lo inesperado y, a veces, por lo grotesco del gesto. Las marionetas nos divierten por su rigidez y por la repetición interminable de la pierna levantada, de la boca que sólo tiene un movimiento: de ahí que a muchos diviertan las fotografías de Spencer Tunick con los miles de cuerpos desnudos en igual posición, como si fueran una repetición defectuosa (cambian en tamaño, sexo, complexión, color de piel, etc.) de la primer persona de la serie. 
Esa rigidez en la expresión del cuerpo se traslada a cualquier otra manifestación relacionada con éste. Por ello una indumentaria puede ser ridícula y divertida. Como el cuerpo humano debe ser flexible, vital, si la “moda” es anticuada o no corresponde al contorno del usuario, se hace patente la incompatibilidad entre ambos y el caminante que usa vestidos del siglo antepasado obtiene nuestra sonrisa por mostrarse como portador de un disfraz. Atrás de la careta está el contraste de una lógica de la imaginación que desentona con la lógica de la razón. Al ver un grupo de payasos caminar por la calle, los espectadores ríen: el artificio voluntario divierte, el involuntario más. De ahí que si el disfraz usado por el hombre es cómico, también lo sea el de la sociedad y el de la naturaleza. Sin tomar nuestra consciencia ecologista, nos divierte ver un bosque del que cuelgan cientos de carteles electorales donde los candidatos prometen cuidar las áreas verdes nacionales. Un animal con la mitad del cuerpo rasurado divierte. Cuando hacemos de la naturaleza algo mecánico, el humor está presente: al llegar tarde, el espectador pide al científico que explica el eclipse lunar, que lo comience de nuevo para que pueda verlo.
Mientras la forma sea preferente al fondo, la comicidad estará ahí. Con las ceremonias insustanciales, la sociedad se disfraza. “Las reglas maquinalmente explicadas crean un automatismo profesional comparable al que las costumbres corporales imponen al espíritu.”. La necedad de querer amoldar los actos a las leyes, y no las leyes a las necesidades, siempre es risible, pero sólo en la inconsciencia. Las frases de los recientes Secretarios de Gobernación al querer hacer ver que las tantas represiones policíacas fueron hechas “conforme a derecho”, nos sacan un estornudo de risa inmediata… hasta que vemos a las victimas. De tal idea se explica la eficacia en ridiculizar una profesión donde se habla como si la razón de su existencia no tuviera sentido. Son risibles las expresiones del abogado que supone ganar un juicio con el solo uso de latinismos o con la cita de pensadores famosos, sin aportar nada al propio discurso ni justificar la razón legal de su alegato para obtener justicia. La abogacía ya no está para servir al cliente, sino para servirse de éste. 
La transformación de la imagen del individuo en la de una cosa es de igual eficacia para obtener aspectos risibles. En algunos de sus tantos transitares legislativos, Félix Salgado gustaba de mostrarse como parte del mecanismo (no como conductor) de una motocicleta propia de un cómic, con figuras incrustadas y añadidos descomunales. Además, agrega el propio Bergson, se logra el mismo efecto con la mera intención, “fingiendo sustituir a la persona con la función por ella ejercida”. Al ser inquirido en su primer informe, Fox se limitó a llamar “jóvenes” a los legisladores, para hacer ver la aparente inexperiencia de sus críticos, cuando era la propia la que mostraba.
Ante lo cómico de las formas y de las actitudes, están las actividades y las situaciones graciosas. Algunas propias, muchas ajenas, nos sacan del inconsciente parte de los rezagos infantiles. “Lo cómico está en cualquier arreglo de hechos y sucesos, que incrustados unos en otros nos den la ilusión de la vida y la sensación nítida de un ensueño mecánico”. En el teatro y la literatura hay varios mecanismos que cumplen con esta descripción: la repetición de palabras y situaciones, los personajes que realizan movimientos impropios de su calidad profesional, de género o de su edad: el anciano médico que da saltos sobre el paciente que está operando; el defensor que repite muchas veces la misma fórmula legal; la mujer que de un golpe manda al piso al enorme policía. Añádase a la tragedia humana la certeza de que los dolientes son manejados, como títeres, por un tercero que se divierte a su costa (el destino, Dios, el espectador, un actor, etc.). Otro mecanismo que llama a la risa es la inversión de papeles: el mundo al revés: el niño que educa al padre, el político que habla de moralidad a los menos favorecidos, el campesino que ordena al cacique qué hacer con el dinero de la cosecha, etc.

Pocas fuentes de lo cómico como el uso de las palabras. No se trata de la risa obtenida por la idea transmitida con el lenguaje, sino de las palabras mismas. El sentido de lo cómico se puede traducir; el uso de ciertas palabras, muy difícilmente. Los albures mexicanos apenas son comprensibles en otros países de habla hispana, pero al ser traducidos a otro idioma es casi seguro que pierdan sentido. Ya Borgues sugería leer en inglés a muchos de sus autores preferidos. La terminología contrastada es motivo de humor: lo más serio se expresa por voz del bufón; los extremos chocan en las frases armadas para divertir: con palabras rimbombantes se anuncian hechos simples o cotidianos. Y al revés, con lenguaje llano se menciona apenas el acto terrible o mortal. Esa misma transposición conceptual aplica para referirse a lo pequeño como si fuera enorme. La exageración ha sido usada por muchos autores cómicos. Y por políticos que, en su afán de conmover o convencer, logran dar ejemplo del humorismo involuntario.
El notable ensayo de Bergson muestra que la risa es una expresión humana tan constante como poco estudiada. La filosofía tiende a la solemnidad y muchos pensadores a la tragedia por establecer el sinsentido de la vida, por no poder asir una razón que sirva a los hombres de todas las épocas para dar dirección a su existencia. 

De ahí la necesidad de buscar formas que excluyan el raciocinio para comprender la naturaleza humana. El análisis de Bergson justifica la afirmación de que la risa tiene estatus filosófico: no como catarsis o defensa ante los embates cotidianos, sino como muestra de un espíritu libre y crítico. Finalmente, a pesar del sin sentido de la vida, merece la pena seguir en este escenario en el que quisiéramos escoger el papel a representar y disfrutar su tránsito, bajo la premisa de que es necesario vivir el instante para advertir la riqueza de la existencia.
La insistencia de Bergson por descubrir, más como un observador que como un experimentalista, los mecanismos de la risa habla bien de su pudor intelectual, pero habla poco de su afán en divertirse, en vivir la vida con una sonrisa. En México es constante el hombre del pueblo que con alegría ve transcurrir el tiempo, a pesar de todos los infortunios, sin importar su educación académica, su nivel cultural o sus posibilidades socioeconómicas. Seguramente apenas comprenderá los mecanismos que lo llevan a interiorizar lo cómico, pues el humor sólo puede experimentarse (en la vivencia o en la contemplación), se comprenda o no.
Incluso ante la posibilidad de asimilar el amplio bagaje interpretativo bergsoniano o de nutrirse conscientemente con sus teorías para tratar de producir humor, de poco nos servirá si éste no es asumido, el mayor tiempo posible, como una percepción de la vida. Sin embargo, la mirada de Bergson no debe ser esquivada. 

*Ricardo Wolffer Es definitivamente un tipo muy peculiar, por no decir raro; le gustan las películas de El Santo El Enmascarado de Plata, va frecuentemente a las luchas, (se puede tardar hasta una hora para conseguir el autógrafo  de su luchador  preferido, siempre enmascarado y después irse con sus hijos a echar el taco). Esto no tendría nada de raro, a no ser porque es también un devorador de libros, que lee con deleite a Dickens, (uno de sus autores preferidos) así como los clásicos rusos, a la par de las historietas ilustradas de todos los tiempos, amante de vampiros, zombis y fundamentalista de la ciencia ficción,  amén de ser un reconocido jurista y raquetbolista  de media hora, masca chicle y de vez en vez viaja en metro de tenis y lentes obscuros para ir a conseguir películas de arte a los más insospechados rincones capitalinos. Ah! y por si fuera poco, también es el creador del héroe (encapuchado no faltaba más) de la tira cómica Rabaman.  Conoce más de Ricardo Wolffer colaborador de estas páginas.

 

                

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