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Poderío en la Vasconcelos

Ricardo Guzmán Wolffer*

Mundodehoy.com.- Siguen los éxitos de la Orquesta Típica de la Ciudad de México, ahora en la Biblioteca Vasconcelos junto a la Estación de Buenavista. Luego de un lleno total en el Alcazar del Castillo de Chapultepec, la Orquesta Típica repite para cumplir.

Suele haber visitantes en esta Biblioteca que tristemente hiciera célebre Fox, pero que ahora, con conciertos como el entregado por el director Arturo Quezadas el domingo 19 de abril, se reivindica como un espacio de calidad en la oferta cultural.

Basta asistir a un concierto con material de Vivaldi, Sumaya, Bernal y del propio Quezadas, para comprender una de las causas por la que esta Orquesta, la de mayor tiempo en funciones en México, sigue vigente y con un público que la busca, a pesar de la escasa publicidad que se le da: no importa, su calidad y buenas selecciones son la mejor promoción que una Orquesta tiene a la mano. Además, parte de la intención de estos conciertos es acercar al público a los instrumentos típicos (salterios, bandolones, etc.) para evidenciar que pueden montar cualquier tipo de piezas. Ya en Chapultepec mostraron arias de ópera. Ahora tocó  a la música sacra.

Vivaldi tiene muchos seguidores en México y todos conocerán el “Magnificat” que se escuchó en partes y que estuvo a la par con las exquisitas piezas seleccionadas de Manuel de Sumaya sobre su Misa de tercer tono, el “Angelus” de Bernal Jiménez y las impactantes selecciones del Réquiem “El Cordero” del propio Arturo Quezadas, quien además presentó por primera ocasión su “Ave María”. Mientras autores extranjeros de innegable calidad son puestos en escena todos los años, los nacionales deberían ser más ofertados al público. Imposible negar la calidad de Vivaldi, pero la obra de Sumaya no le pide nada. Y el Requiem de Quezadas ni se diga. Entre los espectadores de edad, muchos lo comparaban con el Requiem de Mozart: a ese nivel los había impactado.

La eficacia de los ejecutantes fue inocultable, con todo y que el concierto se hizo en el pasillo central de la Biblioteca Vasconcelos, abajo del esqueleto de ballena que contrasta con los balcones de vidrio que forman una bóveda en triangulo; lo cual, hace imposible evitar el ruido de los visitantes que ocupan los estantes, la sala de revistas y el resto de la Biblioteca, donde se ofertan cualquier cantidad de expresiones culturales. Hasta los visitantes para ver los cuadros hacían ruido, pero el calibre del concierto resistió la falta de privacidad auditiva que uno supone en estos conciertos de música sacra, pensada para recintos religiosos donde los feligreses aprecian este arte en silencio devoto. La idea es no sólo acercar al público este material que le sacó lágrimas a muchos y conmovió a casi todos, sino prácticamente meterse en el paso de los asistentes para que la música clásica, incluso la sacra, sea recibida por los muchos que fuimos a escuchar y por los demás que, literalmente, se toparon de frente con una orquesta montada y se quedaron a escuchar al coro, los solistas y los muchos instrumentos típicos que dan a estas piezas un toque muy mexicano que, además de respetar el texto original, las hace claramente mexicanas. Se hace local lo universal y el escucha local se vuelve universal: conoce en los minutos del concierto cómo esa esencia musical humana se adecua a cada época y espacio.

De por sí las composiciones del maestro Quezadas son de gran calidad, pero lo espectacular de los coros en acordes ascendentes y su contrapunteo con instrumentos como el caracol o los contrabajos, se nutre del espectáculo visual de las vestimentas usadas por los integrantes del coro y solistas, integradas con toques regionales, y, sobre todo, con el propio Quezadas iluminado en su papel de medio para unir lo intangible con el espectador. Las alteraciones de la “Lacrymosa” resultaron eficaces para absorber la atención del escucha. En breves saltos aislados que recuerdan las ejecuciones del inolvidable Leonard Berstein, Quezadas condujo a la orquesta por los laberintos de sus propias piezas en un ascenso que logró llegar a lugares normalmente reservados de la psique del espectador: la música sacra como espectáculo de intercambio entre lo divino y lo terrenal.

El maestro recibió los aplausos que muchos asistentes le dieron de pie y repitió la última parte del Réquiem para beneplácito del público que siguió aplaudiendo en espera de más música. Bastará seguir a la Orquesta, que bajo la dirección de Quezadas ha cosechado triunfos innegables.

*Ricardo Wolffer Es definitivamente un tipo muy peculiar, por no decir raro; le gustan las películas de El Santo El Enmascarado de Plata, va frecuentemente a las luchas, (se puede tardar hasta una hora para conseguir el autógrafo  de su luchador  preferido, siempre enmascarado y después irse con sus hijos a echar el taco). Esto no tendría nada de raro, a no ser porque es también un devorador de libros, que lee con deleite a Dickens, (uno de sus autores preferidos) así como los clásicos rusos, a la par de las historietas ilustradas de todos los tiempos, amante de vampiros, zombis y fundamentalista de la ciencia ficción,  amén de ser un reconocido jurista y raquetbolista  de media hora, masca chicle y de vez en vez viaja en metro de tenis y lentes obscuros para ir a conseguir películas de arte a los más insospechados rincones capitalinos. Ah! y por si fuera poco, también es el creador del héroe (encapuchado no faltaba más) de la tira cómica Rabaman.  Conoce más de Ricardo Wolffer colaborador de estas páginas.

 

                


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