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Pandemia y Paternidad: Los Zombis Sonrientes

Por: Ricardo Guzmán Wolffer, Abogado Escritor*

Primero sonó muy bien. A la casa. Con decenas de libros para leer, atrasados, escogidos: excelente. Todas las películas que mi cuate Tizoc y yo fuimos a conseguir al mercado informal. Varias novelas y ensayos para continuar. Y con sueldo pagado. Aprovechando que todavía no iniciaban los saqueos, fui a comprar toda clase de vituallas, de preferencia saludables, light, orgánicos, con vitaminas adicionales, sin alcohol y que no provocaran flatulencias. Apenas a tiempo salí con mis costales de arándanos enchilados, sardinas, frijoles, huevos, coliflores, calabaza y un poco de agua mineral para atemperar los flujos gástricos.

Hasta ahí, todo bien. Los hijos en la casa. La esposa con trabajo a distancia. El home office llegó para quedarse. Todos sanos, Netflix pagado, internet pagado, seguros médicos pagados, servicios pagados, salario apagado. Con eso de que no habrá exenciones de pago en el SAT, más vale flojito y cooperando en temas de dinero. Aprendiendo a vivir al día, se llama ese ejercicio.

Primera tarde en casa, bien. Todos contentos de estar en familia, con salud y en un espacio suficiente para no volvernos locos. La azotea está acondicionada para jugar espiro.

Muy pronto comprendí mis limitaciones cognoscitivas: había que hacer la tarea infantil TODOS los días, había que estar en las videoconferencias infantiles, había que supervisar la tarea infantil y esto último incluye ejercicios en plataformas que involucraban MI computadora. Bueno, pensé, leeré mientras el hijo chico está en el asunto escolar. Vaya inocentadas las mías.

Siguiendo las sugerencias que mi compadre Carlos me manda diario, me levanto diario a las 6 o 7 de la mañana para hacer ejercicio. Caminadora y pesas dan para hora y media, sí, pero no preparan para el maratón escolar infantil.

La primera semana me di cuenta que había dedicado demasiadas horas a esas actividades académicas. Las maestras del año pasado escolar me decían que mi hijo no pone atención. Yo pensaba que ellas no hacían su trabajo, que mi retoño tiene mayor coeficiente intelectual que Einstein y Einsestein juntos, que ellas nomás cobran sin trabajar (ay, burocracia, cuánto mal ejemplo siembras día a día) y que era cosa fácil hacer las planas, las sumas, los dictados y los trabajos de arte y similares. Mi formación cinematográfica mexicanizada me lleva a levantar los ojos al cielo y jalarme los bigotes como hacia Fernando Soler en “La oveja negra” mientras le digo a las maestras inexistentes: “¡háganse a un lado!”.

Craso error. De verdad mi hijo adorado es disperso, le da por platicar de los temas más esperables (“dice mi mamá que podemos comprar por internet juguetes”, “no, mijo, sólo comida y libros para papás”, “dice mamá que ya me compró algo lindo para cuando haga las tareas”, “¡hágase a un lado!”) y de los menos esperables: o se droga o será guionista de Guillermo del Toro para películas donde luchen Godzilla, Mil Máscaras y Kalimán. El estira y afloje con el menor es proverbial, para lograr que se quede sentado el tiempo suficiente para hacer las planas de letras y palabras que supuestamente podrían dictársele. Y entonces capto la verdad de esas maestras que en mi mente sufrieron tormentos medievales dignos del Tlaxcoaque de Durazo cuando me decían que el infante nomás no se concentra. Pero yo lo voy a domar, me decía, ¡háganse a un lado! Apenas de escribir medio bien unas líneas, le dan ganas de ir al baño, de tomar agua, de ir a abrazar a las perras que tenemos, de ver si el hermano mayor ya se durmió, de ver si la fauna avícola que pulula en las jaulas del comedor está viva o cometiendo actos caníbales (las ninfas no se conforman con ver morir a sus ascendientes, se los comen empezando por las patas), en fin, si el niño pudiera ir a pasar lista a la Cámara de Diputados, también iría.

Y cómo truena la boca. Venturosamente para él lo que antes era disciplina paterna hoy es lesión grave por dejar cicatrices permanentes y visibles en el rostro. No les voy a platicar las cosas que me hacía mi padre, porque nadie las creería. El caso es que cada vez que mi niño no quiere hacer algo o le parece demasiado trabajo, truena la boca como rumiante a punto de engullir el bolo alimenticio, a veces sacando las hoy estigmatizadas gotitas de saliva. También truena la boca con los dientitos pegados, cual suspensión de camión rural cuando los pasajeros bajan de un jalón el cargamento. Y levanta los ojos como si le estuvieran dando una lección de derecho constitucional los Testigos de Jehová. Luego se toma las mejillas y ronronea cual tigre a punto de caer desmayado por haberse comido un toro completo. Yo, mientras esto pasa, practico mis lecciones de yoga contemplativa: aspiro y expiro para controlar mi neurosis. Adentro, afuera, adentro, afuera, adentro, afuera y así hasta que él me dice: tienes que sacar el pecho para poderte calmar, padre querido y lindo. Esto sólo logra que respire ruidosamente, pensando en que con eso lograré calmarme lo suficiente para acabar el primer ejercicio de los muchos que le faltan por hacer en su libro de tareas. Y si toca hacer letras o dictado de palabras, a cada una me dice cosas como “¿´ele´? de loco, como cuando te pones loco, papá?” y muchas por el estilo, hasta que logra ponerme los ojos tipo Charles Manson. Entonces se asusta y me dice: “estás despedido”, “toma tus cosas y vete al ejercicio”.

Entonces entra el momento de “nos esperamos hasta que quieras hacer la tarea”, saco la computadora y me pongo a hacer este artículo, mientras respiro como guarura con sobrepeso (gordura mórbida extrema) tratando de seguir a pie al candidato que va en su limosina, sentado, saludando al pueblo que gobernará pronto. Las venas de los ojos comienzan a hinchárseme, a ponerse rojas y en ese momento el chistín hace de un jalón las palabras que le he dictado cualquier cantidad de veces, hasta entonces infructuosamente.

“Ya acabé”, se para y deja la libreta con unos garabatos que son tan parecidos a las letras cursivas, como a las grafías japonesas. Y apenas es momento de pasar a las matemáticas, pero prefiero hacer un espacio, principalmente para dar tregua a mis entripados. ¡Ay, esas maestras incomprendidas, merecen un aumento de salario!

Estos interludios pueden durar el tiempo suficiente para probar los guisados de mi señora, que, entre juntas virtuales, cerros de trabajo electrónico (tiene que revisarle la chamba al tipo que trabaja con ella, a pesar de ser su jefe y ganar el triple que ella, porque el tipo se equivoca), ejercicio para ponerse más piernuda y otras eventualidades domésticas, todavía tiene el ánimo y la sapiencia para cocinar. “Es muy básico” dice con la modestia de los genios que pueden hacer caldo de lodo con piedras y lograr un sabor glorioso. Máxime que cuando yo me encargo de hacer las compras le doy muy pocas opciones. Nunca he entendido para qué compran cilantro o perejil las cocineras; lo más complicado que he podido hacer son los chapulines salteados con chiles, pimientos verdes y cebolla para que sepa a algo mi plato que ahora resulta ser vanguardia vegana con la prima de mi esposa, la Eslendy, que nomás Dios sabe qué hará con tofu y tiempo.

Para cuando baja la tarde, apenas puedo leer. Y se me ocurre que la mejor literatura para lidiar con niños y estrés paterno es algo de actualidad, algo que nos emparente con los millones de dolientes preocupados del mundo. Zombis. No son novedad. Ya estaban de súper moda esos zombis con películas, series de televisión, libros y juguetes. Pero como ya estoy en el siguiente nivel de consumo cultural, acudo a los libros que sobre el tema tengo en mi biblioteca que es como de lord británico. ¿Se acuerdan de la biblioteca de la familia Crawley en Downton Abbey? Pues así, pero a nivel INFONAVIT.

Mientras muchos se imaginan a punto de la muerte por coronavirus, otros nos preguntamos qué podríamos hacer si un pariente se enfermera de gravedad. Como no tengo en la familia a ningún miembro de los grupos de riesgo detectados por la OMS y demás organismos serios, me parece más real preocuparme de esa perspectiva.

Acudí al área librística relativa al tema en cuestión y comencé a ver. “Historias clásicas de muertos vivientes” Edit. Porrúa de José Luis Trueba Lara, no. ¿El zombi es la alegoría de que el odio puede sobrevivir incluso a la muerte? No, ni que fuera lector de Stephen King; después de su magnífico libro de vampiros, “Salem´s Lot”, muy poco puede esperarse de él. Mi cuate Carlos me va a decir que le quite lo de los zombis, que no hay vida después de la muerte. ¿Si hay vida después del PRI?, pregúntele a Bartlett, ¿por qué no habrá muertos en vida? (ahí ya no le pregunten a Bartlett, no sólo es vivo, vivo, sino que hasta se pasa de vivo con sus propiedades). Bueno, puedo contestarle que los zombis son la continuidad de la interioridad humana: los hombres quieren sentirse capaces de dominar la transitoriedad de lo humano para establecer que, sin importar el precario estado mental, es posible ser eterno en lo físico: ante la imposibilidad de controlar las fuerzas ambientales y del ciclo vital, por lo menos asumen la posibilidad de disponer de los otros sujetos, quizá para ponderar que somos los únicos animales capaces de evadir los cambios universales de la vida y la muerte.

“Guerra mundial Z”, tampoco. Aquí los zombis sólo son metáfora del odio hacia lo extranjero: podrían ser invasores musulmanes o indocumentados: la paranoia gringa busca los caminos para transmitir su mensaje de cómo tratarán a los contrarios de los intereses locales. Así sí es fácil matarlos. Mientras los zombies del Caribe son seres extraídos de la naturaleza para mostrar el dominio humano sobre la muerte, los zombies estadunidenses importan en tanto amenazan el american dream: no hay subtexto de humanidad, sólo una intimidación más a sortear para mantener el predominio de Estados Unidos. Es cosa de nada para que empiecen a pelearse los fifíes contra los otros.

Entonces apareció. “Descansa en paz”, de John Ajvide Lindqvist, autor de “Déjame entrar”, muestra que las novelas de monstruos no necesitan ser violentas. Uno que otro ataque de zombis, pues la trama gira sobre los parientes de los “redivivos” de Estocolmo. Ajvide plantea las implicaciones básicas del fenómeno zombi: ¿y si no pudieran desenterrarse solos?, ¿y la religión?, ¿y el gobierno cómo reaccionaría: a dónde llevaría a esos caminantes?, ¿cuál sería su marco legal, deben ser defendidos?, ¿y si los tratáramos como autistas, regresarían a la conciencia? El zombi como pretexto para indagar en la interioridad de sus deudos. Terrorífica en parte, misteriosa siempre, la visión de este europeo va hacia las víctimas, hacia los agredidos: no sólo los directamente atacados, los “muertos”, sino también sus parientes: los come-vivos tienen familia, seres que se preocupan y sufren por ellos, detalle que no es tocado en la visión gringa de la nueva y perfecta guerra. Estaba por tomar el libro cuando me encontré la saga “Tom z Stone”, del español J. E. Álamo, mezcla del zombi con la novela negra, donde los comentarios ingeniosos y humor negro salen con fluidez. Las dos novelas llevan la trama clásica (el crimen por resolver que lleva a los bajos fondos de la política), con zombis malísimos, fanáticos religiosos peores, gángsters y las mujeres fatales en el negocio de estupefacientes. Los adictos como un prefacio al zombi. La reciente droga cocodrilo da nota de que estos zombis literarios, como muchos monstruos, han dejado el arte para caminar en la realidad. No, no, también ahí estaban los textos orientales (“Kwaidan”, de Hearn, verbigracia) o los africanos (Amos Tutuola recrea las tradiciones locales donde lo fantástico emparenta a estos zombis con otros muertos) para establecer cómo los relatos de esos muertos que regresan, todavía tienen más historia.

Estaba por empezar con mi zambullida al zombi cuando me tocó seguir con las plataformas de educación infantil. Los objetivos eran dos: no romperme los dientes mientras evito chirriar las muelas ante los desatinos (algunos más que conscientes, chamaco jijoesu) y coadyuvar con la educación infantil. Y es que en esto del 2020 no hay paternidad que no sea responsable. Se espera de los padres que carguemos a los hijos. Bueno, mientras la espalda dé para ello. El hijo grande (o “hijo 1”) ya mide casi 1.90, si lo cargo me quedo paralítico. Y el hijo chico (o “hijo 2”) pesa arriba de los 25 kilos. Yo, precario aspirante a las fuerzas juveniles del INSEN (o INAPAM) deseo llegar con las piernitas de subejercitado todavía útiles. O sea que los cargo de paciencia, de comida que podría ser aprobada por la UNESCO para dietas de engorda en países con menos recursos, y de promesas de herencias futuras. También se espera que estemos siempre de humor con las chistosadas de los hijos, que seamos comprensivos y misericordiosos, apolladores en todo, cariñosos y muchas más. Los reto a lograr estas cualidades de San Francisco de Asís, mientras el babuino (hijo 2) mira la llegada de la tarde, al lado del lápiz escolar sobre el que se están formando telarañas contra el libro de gramática.

Mi imaginación vuelve a volar. Llego a un país donde el gobierno piensa en todos y no sólo en sus allegados, donde protege a todos los enfermos y no sólo a los que tienen para pagar hospitales y servicios médicos, donde también somos atendidos los demás. Es verdad que los enfermos son prioritarios, pero el frenesí hacia la locura se puede disparar en cualquier momento. Nomás es cosa de asomarse a las redes sociales para saber que la paranoia está latente.

Los primeros días de la cuarentena llegué a tener más de 250 mensajes (whatsapps, twits, Facebook o la que les guste) cada vez que habría el teléfono. Ni pensar en leerlos todos, pero diría que el 80% eran de cómo no enfermarse, cómo no ponerse loco cuando alguien tose y qué pasará con los salarios y las empresas. El resto era lo común: mujeres de poca fortuna y ropa dando lecciones de vida, filosofía de alto nivel con mi cuate Juan Heladio, de cine y espiritualidad con Jorge de Querétaro y los grupos donde la cosa es escribir de cualquier cosa menos de política con mis cuates del kínder-secundaria o con los del ejercicio guayero, donde ya se han dado varios desencuentros por preferencias políticas que por nada acaban a los panzazos (“¡Qué!” -panzazo-. El otro contesta igual: “¡Qué!”-panzazo-. Así diez veces y luego los dos se dan la vuelta: “Aaaaaaaahhh”).

Nadie negará que, por mucho ejercicio y meditación, la mente sigue en su caminar habitual. Y es fácil dejar que las naves encallen en las arenas de la desesperación. Por eso la utilidad de leer a John Ajvide Lindqvist. Quienes estamos fuera de los porcentajes peligrosos también sufrimos. Menos, claro está. Nada se equipará con ser el enfermo, llegar a urgencias y que te manden a tu casa porque nomás tienen una “fiebrecilla estacional”, “seguro durmió encuerada, señora, mejor tápese”, “ni traes temperatura, carnal, mejor ábrete de aquí que hay mucha clientela hoy”, “aparte de viejo, payaso, no traes signos, abuelo, danos chance de trabajar con los enfermos” y otras peores.

Realmente nadie apuesta a la caída del país, pero la preocupación es real. La avalancha de información puede afectar al más pintado. Entonces, es fácil identificares con esos familiares de la novela de zombis, quienes traen en la mente cómo le hará el abuelo para salir de la tumba, qué pasará si regresa algunos de nuestros parientes y descubren que no hicimos perdedizo el testamento, dónde pondremos a esos enfermos, qué tratamiento les dará el Estado, etc. Así es más fácil pasarse bien estas temporadas, entendiendo que no somos los más importantes y que la sociedad tiene que vigilar a los directamente afectados primero.

Mi tía Rosa piensa que esta pandemia servirá para que todos los mexicanos saquemos lo mejor de nuestro interior. Yo me conformo con que el hijo 2 aprenda a leer y escribir, con que mis dientes y gastritis sobrevivan al encierro, con que el hijo 1 siga sonriendo, con que la patrona conyugal siga adelante en un trabajo donde le toca lidiar con apaches (aunque ella no se queja nunca, los mirones no somos de palo), con que vivamos todos y con que las maestras tengan un aumento de sueldo. Ya sé que los hijos, como todas las personas, se comportan distinto según el escenario y los acompañantes. La verdad es que no es lo mismo que el padre les esté dice y dice, con amenazas de por medio (“si no haces la tarea, no ves la tele, ni el video juego, ni tendrás juguetes y no repeles o te meto un cachetón que te voy a dejar cara de Lyn May antes de la operación”), a que la maestra, con experiencia y sapiencia, al lado de los otros niños que hacen equipo para salir juntos al recreo, le diga cómo hacer el dictado. ¡Yo no soy maestro, ubíquense!

Debo reconocer que he vuelto a mi infancia, cuando jugaba espiro (la pera amarrada a un poste que se enreda con golpes de los dos jugadores). Un tubo, un mecate de colgar, una argolla y una pera de box son suficientes. Toda la familia se lastimó la mano con la bendita pieza de metal o con los manazos a la pera. Pero nos hemos reído. Hay días que alcanzo a ver una que otra serie: más experimental que David Lynch es difícil, pero ahí estamos el hijo 1 y yo; o las derivaciones de King, ahí estamos la esposa y yo; o las creaciones póstumas del padre de los muppets, ahí estamos el hijo 2 y yo. Y lo que son libros, ni se diga: Himes, E. Kim y Puzo para empezar.

Sobre todo, en esta temporada de reclusión obligada he aquilatado algunas características familiares. Mi esposa, gracias a Dios, es previsora: ha limpiado muy bien cada rincón de la casa, con la ayuda que el hijo 1 proporciona sonriendo, mientras la cabellera de león se le acomoda (están cerradas las peluquerías, para él desde hace meses: los reyes mandan, pos éstos), y con mis precarias dotes de afanador y trapeador. La ha limpiado tan bien que estoy temiendo que en cualquier momento la haga esterilizar y rente la casita como consultorio o clínica con posibilidad de hacer cirugías de todo tipo: usted pone el equipo de neurocirugía, nosotros el espacio. El uso reiterado de cloro, gel antibacterial, jabón chiquito y demás quita virus, ha logrado que mis manos santas de escritor, mis instrumentos básicos de trabajo, comiencen a ponerse huesudas y la piel se craquela para parecer prótesis hechas por infantes con engrudo y papel maché. No sé si el cloro y el gel me han limpiado los ojos, pero a la esposa la veo hermosa y más limpia que la reputación de un recién santificado.

La paciencia y bondad conyugal han llegado a limites impensados (del lado de ella): tolera mis escritos y me ayuda en la revisión de estilo de las pruebas finas de mis novelas. Yo soy como San Francisco: trato de ayudar y no que me ayuden. Trato, trato. No piensen que es un eufemismo para desprenderme de mis propias necesidades y vivir como naufrago en mi mesa de escribir, sin bañarme ni ponerme enjuague bucal, para apestar a restos dejados por animales carroñeros en el rayo de sol de la estepa africana.

También tuve oportunidad para reafirmar las dotes literario-cinematográficas del hijo 1. Entre que intercambiamos el libro de Puzo donde Michael Corleone se va a Sicilia a rescatar al “Siciliano”, ahí estamos hablando de pasajes y su aplicación al cine. La juventud es divino tesoro y veo florecer al hijo 1 como una belleza ajena a mi condición paterna. Y ayuda con el hijo 2. ¿Cómo serán esas sociedades fraternas que se dan desde antes de nacer, donde basta una mirada para que algunos hermanos sepan que cuentan con el otro? Juegan espiro mientras se ríen de los brincos que doy con la mano marcada del riatazo que me puse por pegarle mal a la pera, o centrar los huesos de la muñeca contra la argolla donde está la pera; ni se diga cuando se me complica jugar sin lentes y le pego al poste en lugar de a la pera. Mis brincos serían respetados en las olimpiadas, pero no me aceptarán por la edad. El hijo 1 es fuente de alegría. Por el momento ha dejado a Kierkegaard con su “Tratado de la desesperación”, venturosamente. No hace falta meterle más leña al fuego. Prefiero ver la sonrisa de los hijos cuando me ven tirado a punto del llanto, pero riéndome de ver cómo se ríen de mí los chistosos. ¡Háganse a un lado!

Y es que cuando vas a estar junto a varias personas por muchas semanas (más de una es mucho) sólo hay dos opciones: o te aclimatas, o te preparas para la batalla. “This is Sparta”, gritaba el hijo 1 apenas al ver esa película, mientras daba de patadas al aire, como el mero Leónidas. Así me imagino que se iba a poner la cosa si no me hubiera preparado mentalmente para sonreír sin importar lo sucedido con algún familiar encerrado. Denotaré mi edad, pero sería como poner a Ali y Frazier en un elevador por varios días sin temor a practicar la orinoterapia. Yo escojo vivir. Y vivir bien, faltaba más.

Lo que es innegable, es el tiempo familiar que la pandemia nos ha regalado. Tareas aparte, ha sido maravilloso.

*Ricardo Guzmán Wolffer, Abogado Escritor, su libro más reciente es la trilogía de novelas en un tomo “Oaxaca, Nogales, Estambul”

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