Entretenimiento

Entre zombies visibles y disfrazados

Por: Ricardo Guzmán Wolffer

Para Nadia Gómez

Raquel Castro se ha vuelto una de las literatas de los zombis en México. Su más reciente libro, “El ataque de los zombis (parte mil quinientos), publicada por la UNAM en 2020 es el eslabón más reciente. Pero, por mucho que nos parezca una temática lúdica (que lo es, verán a qué grado), tiene un soporte conceptual-filosófico notable y profundo.

Hace algunos años, Raquel publicó uno de los libros más importantes de su temática, pero que, quizá por haber sido publicado por la oficialidad, apenas se distribuyó y hoy conseguirlo es una proeza. “Cambiamos para ser más como somos”. Qué lástima su poca difusión y tiraje. Este ensayo habla de las modificaciones corporales y su significado. Para quienes miramos con extrañeza a aquellos que se hacen arreglos no funcionales (desde aretes, piercings, tatuajes, agregados subcutáneos y muchísimo más) hasta mutilarse por motivos estéticos, es difícil comprender cómo alguien quiere quitarse las orejas o abrirse la lengua para tener lengua bífida. Pero eso es, nos dice Castro, precisamente lo que hace más auténtica a esa persona. Cambiarse el vestido y el color de cabello puede ser extremo para muchos.

Hay profesiones donde está mal visto usar traje sin corbata: impensable que se hicieran un tatuaje en el rostro esos profesionistas. Quizá alguno no visible con ropa, quizá. Pero en otros trabajos es lo regular, casi esperable: tatuajes y añadidos faciales son cotidianos. El sentido de todo ello es buscar una personal comodidad o identificación con cierta idea o estética y hasta alguna ideología. Los pronazis se tatúan suásticas en los lugares más visibles.

Así, el organismo es apenas un traje que se arregla, se parcha, se tiñe y se deja de usar cada tanto. A los ortodoxos cristianos y judíos podría parecerles un concepto afín: la carne es pasajera y maleable. Pero los modificadores de su cuerpo lo hacen por otros motivos. Este libro de la estética corporal de Raquel Castro es un manifiesto profundo para comprender su afinidad a los zombis y otros seres no humanos.

Mientras “Cambiamos” es un ensayo sorprendente y profundo, “el ataque” es de una liviandad engañosa. Divertida y eficaz, se compone de cuentos, algunos más cortos que otros, para identificar a los otros zombis, los que no andan por todas partes matando y masticando gente, y a los esperados zombis. ¿Cuántas variantes pueden tener esos seres que nos recuerdan a las momias de Guanajuato que se pelean con Mil Máscaras y demás luchadores? Muchas, diría Raquel.

Desde su primer libro galardonado, “Ojos llenos de sombra”, se dice de Raquel Castro que tiene una escritura fresca, aparentemente sencilla, muy accesible, pero, aunque es verdad, no significa que no tenga su truco. Para muchos es fácil encasillarla como autora juvenil, como si ser joven fuera sinónimo de inexperiencia en la lectura y requiriera de textos menos solmenes para ser comprensibles. Para nada. Los lectores de Castro son igual o más experimentados que quienes leemos de premios Nobel para arriba. Simplemente son distintas lecturas. Y eso da para otro artículo. ¿Qué es más importante, la calidad de la obra leída o la calidad de su introspección, comprensión, degustación y provecho cultural-formacional?

De poco sirve leer a Heaney, Xingjian, Kertész o Soyinka si no les entendemos o no compenetramos con sus textos. Los libros de Raquel tienen seguidores fieles no tanto por la calidad de la obra (que la tiene, por supuesto, ¿de qué otra manera habría obtenido un premio nacional por su novela de punketos?) sino por la parte del alma que toca en el lector.

Muchos de los “lectores serios” se sorprenderían de la calidez de sus zombis. Tal vez rechazan tal temática porque muchos de ellos son unos zombis. Como el workaholic de “el plan perfecto”. El mundo se acabará si no se hacen varias reuniones complicadas de lograr porque se necesita juntar a muchas personas y cuadrar sus agendas. Hasta ahí todo bien, pero el organizador es un jefe tirano, una sombra que acompaña y absorbe la vida de su secretaria, quien apenas puede dormir sin tener pesadillas con el abusivo jefe que la molesta mañana, tarde y noche de todos los días, hasta lograr que viva en la oficina y pierda novio, familia y departamento. ¿Les suena conocido a los lectores solemnes? Quienes viven con la cabeza escondida en la oficina están más cerca de los comedores de cerebros de lo que se imaginan. Si el zombi es alegoría de la enajenación humana, quienes tienen como única meta el triunfo laboral serán un buen ejemplo.

De inmediato, Raquel nos plantea un cuento para evidenciar que conoce las constantes del zombi y sus expresiones artísticas. La mirada burlona se regodea en “típico” de las partes típicas de los relatos de zombis.

“Historia de amor” presenta una variante inesperada de zombis. Luego de que el mundo entero se llena de zombis, una joven vive en su departamento comiéndose las croquetas de su gato, hasta que se enamora de un zombi parecido al cantante de The Cure. Un día se deja morder por él y le habla. Y resulta que ese zombi todavía puede hablar y razonar. Eso no les impide comer gente, pero esa parejita de zombis parlanchines y enamoradizos será capaz de vivir el apocalipsis zombi tomados de la mano, tarareando canciones pegajosas y muy felices.

“Columpios” presenta al fantasma del fantasma que se asoma para asustar a la olvidadiza. Si los zombis no fueran visibles, podrían ser como esos otros entes sobrenaturales que están ahí, molestando a toda hora. Pero basta no mirarlos para que dejen de tener efecto sobre el espectador.

Si en “Cambiamos” Raquel pone al cuerpo como objeto de análisis profundo, varios cuentos de “El ataque” sirven para comprender que esa seriedad conceptual tiene la premisa de que el cuerpo no es tan respetable, pues no es una entidad inamovible. Y cuando aceptamos que todo se vale con el propio cuerpo, los ejercicios de la imaginación son inagotables. En “los vegetales zombis que surgieron del ombligo” se corren varios peligros.

Si la mugre en el ombligo puede ser como un frijol, de tan compacto, apenas hay un paso para que en verdad se transforme en uno real y comience a dar pie a una planta, luego a varias y hasta tener las suficientes como para cosechar frijoles en todo el cuerpo. En “Tengo un secreto” ese cuerpo puede transmutar para recibir a un espíritu que, quizá, nos haga salir ganando con el cambio. “La piraña humana” tiene como personaje central a una comedora vengativa, capaz de meterle el diente a todos los machitos que encuentre, incluso hasta pesar más de mil kilos. Ahora, si el cuerpo puede servir para hacer intercambios, modificarse con el pensamiento o el hambre, ¿qué impide que el alma sea igual de desechable? En “una oferta imposible de rechazar” tenemos un vendedor de casa en casa, capaz de meter el pie, como en película mexicana de comedia de hace medio siglo, para que no le cierren la puerta en la cara. Claro, ese extraño y convincente vendedor tiene la mercancía soñada: almas. Hace descuentos, ofrece cómodas mensualidades en el cobro, pero pide como pago el uso del alma del comprador. Al fin que cuerpo y alma están unidos en la posmodernidad.

Ese cuerpo flexible se transforma incluso sin la intención de la persona.

Puede ser invadido en la garganta por un puerco espín y por cualquier cantidad de animales, capaces de ver la televisión mientras la huésped abre la boca frente a la pantalla. Y si el cuerpo humano tiene tal capacidad, casi surrealista, de ser modificado, nada impide que todo el entorno humano se cambie con los propósitos más inesperados. Un microbús es capaz de recibir no sólo a los cantantes regulares, sino a una orquesta completa y, ya encarrerados, a bailadores de todo tipo que amenicen las piezas orquestales interpretadas entre semáforo y semáforo. El colmo de la transformación corporal puede ser mutar en animales.

El cuerpo que Raquel Castro empieza por estudiar termina por ser una suerte de criatura de Frankenstein que cobra vida y decide romper las leyes físicas bajo la pluma siempre sorprendente de la autora. No sólo es la historia que, divertida o no, es contada con la frescura de quien parte de la premisa de que en el cuerpo y sus consecuencias todo es posible. No importan las leyes de la física o de la gravedad, la corporeidad humana está para ser transgredida. Aquí para bien del lector.

No sólo son las historias, sino la intención de divertirse de la propia autora. Leer a Raquel es darse cuenta de que, en apariencia, ella se divierte tanto o más que nosotros. Por eso su lectura es recomendable. Es probable que los argumentos nos suenen parecidos a ciertas corrientes literarias de mayor “calado académico”, pero son historias originales en el cómo y el qué. Además, en apariencia, no pretenden sino entretener. Sin embargo, su lectura relacionada con otras escrituras de Raquel evidencia que no es gratuito que el cuerpo se vuelva un área de juegos juveniles donde los adultos puedan jugar en los columpios y las resbaladillas.

El análisis de la morfología humana que Raquel ha hecho por años aquí se presenta con una faceta ágil y disfrutable, pero de ningún modo carente de intención. Tras leer sus cuentos la pregunta es ineludible: ¿cuáles son los límites de mi cuerpo y qué significan? Si en “Cambiamos para ser más como somos” Raquel usaba el ensayo directo y documentado para buscar alguna respuesta u obligar al lector a plantearse la propia concepción del cuerpo y sus alcances, en “El ataque” se llega al mismo punto, pero con las herramientas del humor y de la sorpresa literaria. Esta proposición es central en los tiempos donde la élite ya no se limita al nivel económico. En muchos círculos sociales, no importa ser rico si eres feo, ignorante o grosero. El dinero ayuda, pero no pule. La verdadera nobleza mediática se encuentra en los cuerpos sin grasa, de preferencia sin cirugías de por medio, en los rostros publicitados como bellos. El encono de medios y actores contra la actriz Yalitza Aparicio, por su nominación al Óscar y la fama que no se va, tiene que ver con su aspecto, más que su trayectoria de actuación. Es el cuerpo triunfante lo que llama a la envidia. Y si ese cuerpo se modifica con una intención, convincente o no, confronta a los espectadores que no se atreven a tatuarse, mutilarse o añadirse objetos por encima o por debajo de la piel.

Si en contextos de guerra el cuerpo mutilado es respetable, en la posmodernidad individualista el cuerpo tiene reductos por conquistar, especialmente en la concepción social de la intolerancia al cambio estético.
La atractiva portada de “El ataque” hace suponer que la colección “hilo de aracne” de la UNAM tiene como objetivo al lector juvenil. No se confunda, Raquel Castro funciona para los que saben leer entre líneas, aunque no sea conscientemente.

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