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Con el libro “100 personajes públicos mi encuentro con ellos” de Agustín García Morales nos transportamos a una época gloriosa: la actual

EL PASADO EN EL PRESENTE: estampas de una vida notable

Por: Ricardo Guzmán Wolffer

El libro de Agustín García podría considerarse una personal crónica, una remembranza de momentos estelares en la vida de un hombre rico en experiencias, pero sería dejar en menos la calidad del autor. Su libro va mucho más allá: nos habla a los lectores de nosotros mismos.

El ejercicio de la memoria no es menor. No sólo por mirar la senda recorrida, también para identificarnos como mexicanos de una generación donde los valores sociales eran otros. También el descaro de algunos políticos. Cada una de las estampas presentadas lleva al lector a situarse en esa fecha o a buscar su relación con esos personajes. Para quienes vemos con menos participación el bolero, la balada o la música de tríos, poco nos dicen los relatos breves con los músicos y cantantes de tal género, pero la conexión con otros personajes es inmediata. Bastó ver los nombres de algunos boxeadores para recordarme acostado en la cama de mis padres, viendo una televisión que ahora se antoja excesivamente grande, comiendo jícamas con limón y chiles verdes, mientras escuchaba a los locutores del boxeo mexicano que entonces vaya que tenía figuras y no era necesario sacar del retiro a la máxima gloria nacional para enfrentarlo con bultos de menor edad. Basta ver una fecha en el libro para tratar de emular al autor y recordar qué hacíamos en esos días, tal vez relacionado con el personaje con quien aparece el autor.

No es necesario haber estado en los muchos actos públicos organizados por él o donde coincidió con figuras notorias para disfrutar su narración. Más que el actor de esos pequeños filmes individualizados, García Morales nos recuerda una época del México que parece haberse ido: uno donde los logros dependían del esfuerzo personal. Claro, conocer a la gente importante ayudaba, pero de poco servía si uno no se labraba la propia brecha. Agustín es de esos caminantes que han hecho mucho camino al andar… en bicicleta, para empezar. Uno de sus mayores logros es haber sido pionero en el cambio de mentalidad del citadino promedio. La bicicleta hoy es una opción más, antes no. Gracias a loa buenos manejos del profesor García se hizo la primera marcha ciclista con miles de capitalinos. Hoy nos parece normal, antes no lo era. Y como esa, muchas anécdotas.

¿Por qué dije “pequeños filmes”? Lo diga o no, Agustín disfruta del cine mundial. Al caso o no, incluye listas de las mejores películas. Haber trabajado con Charlton Heston, un héroe de su época, un derechista conservador ahora, no es poca cosa. Muchas anécdotas nos hacen suspirar o reír francamente ante las inesperadas peripecias del autor. Con un método didáctico evidente, expone la valía del personaje con quien aparece fotografiado y luego menciona su vivencia. Haber estado junto a Angélica María durante horas era el sueño de millones de mexicanos (por algo se le decía “la novia de México”, su encanto y belleza eran evidentes) y a Agustín se le cumplió casi sin esperarlo. Conocer a presidentes, cantantes, deportistas no es azar: su desempeño sobresaliente lo llevaba a relacionarse con ese nivel de la sociedad mexicana. Destaca su afinidad por la música: al final del libro incluye las letras de algunas de sus canciones. Ojalá le hubiera agregado la música, nos habría hecho retomar el rumbo musical.

Otros personajes llevan a la propia historia. Uno de los lugares donde publiqué por años fue la Revista de Revistas del Excélsior; ahí escribían algunos de los participantes de la “Sopa de letras” que dirigía con mucha pericia Jorge Saldaña. Uno de mis mentores y amigo hasta la muerte (de él, se comprende) fue el gran Carlos Laguna, con quien fui algunas veces a casa de Pancho Liguori. Los luchadores que menciona Agustín también me remiten a épocas pasadas que no se van.

Un libo que lleva a los propios recuerdos, muchos inesperados, tiene ya mérito. Falta indagar en los motivos de hacer una personal crónica, más bien modesta en tanto el autor destaca los méritos de los demás, no los propios. Salvo el cartón que le dedica el inmortal Abel Quezada (difícil encontrar mayor reconocimiento público que una mención de este magnífico cronista y ensayista del mexicano de mediados del siglo XX) poco se dice de los logros del autor. Uno los descubre mediante el recuerdo que nos comparte. Pero no se trata de rendirle honores a un héroe anónimo de esos tiempos, quien dedicado a hacer en favor de los demás, parece haberse olvidado de sí mismo para refugiarse en el canto, la música y el gusto por la conversación. De muchos personajes destaca su amable y culta charla. Modesta manera de auto señalarse como de igual cultura para haber comprendido de lo que hablaban personajes como Arreola o el compositor y genio Lavista, ni se diga el gran actor y pintor José Luis Carreño, innovador en el difícil arte de representar al Quijote y a su escudero Panza. Con alegría recuerdo las charlas, las ocurrencias y hasta los corajes de Carreño, lo cual no le impidió montar obras de teatro con actores noveles de la tercera edad. Agustín tiene la virtud de la modestia, la alegría de la prudencia y la gracia del agradecimiento. Pero seguimos sin enterarnos la causa última de hacer un libro para hablar de otros, importantes, sí, pero otros, al final. La respuesta es que nos habla de los lectores. Siguiendo la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel, García establece la dialéctica de la conciencia: el sujeto se reconcilia con el mundo bajo la óptica de la práctica, del dinamismo que interactuar requiere. Así, hablar de los otros, los importantes, nos establece la proclama de mi importancia, pero bajo la figura de la moderación. Una gracia para muchas prácticas espirituales.

El recorrido que Agustín García ofrece termina por llevarnos a un pasado que nos define a cada uno, pues la referencia siempre es personal, pero disuelta en una sociedad distinta, una ajena en el tiempo, pero vigente en el ánimo. Gracias, Agustín.

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