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Chía, fuente de energía y salud

 

No hay duda que México es un país maravilloso, hermoso y generoso; tierra fértil y valiente que nos proporciona de los alimentos necesarios para sustentar al pueblo que depende de él.  Tal es el caso de la semilla mexicana llamada Chía, molida en la época prehispánica por los aztecas para utilizarla como fuente de energía, y en la preparación del  pinole, atole y un aceite llamado chiématl.

La chía, originaria de nuestro país, posee una consistencia feculosa, mucilaginosa y aceitosa; su tamaño es de aproximadamente 2 mm de largo por 1.5 cm de ancho; en cuanto a su forma ésta es ovalada y brillante, de color café oscuro con manchas irregulares rojizas. La planta es anual, hermafrodita y se da regularmente en la región norte del territorio mexicano.

Dentro de sus propiedades, esta especie vegetal cuenta con una gran concentración de ácido graso-omega3, que ayuda a los problemas cardiovasculares y a la disminución de triglicéridos, además es rico en proteínas y fibras; facilitando la digestión y el tránsito intestinal, a la par de producir un efecto saciante, de allí su uso medicinal y alimenticio tanto para las personas como para los animales.

Así mismo, la Chía mejora la salud del sistema nervioso e inmunológico, favorece el desarrollo muscular y la regeneración de tejidos, fortalece la actividad cerebral, ayuda en problemas emocionales y  controla los niveles de azúcar.

La semilla aceitosa era tan trascendente para nuestros antepasados que ocupaba el tercer lugar de importancia económica, sólo después del maíz y el frijol. Se ofrendaba la planta de Chía a Chicometóatl, diosa del maíz, durante la celebración de la veintena de Hueytozoztli, mientras que en la veintena ritual de Hueytecuílhulhuitl se llenaba una canoa con harina molida de la semilla, llamada chianpinolli, de la que todos los asistentes tomaban una porción hasta vaciar la embarcación, sin desperdiciar un sólo bocado.

Los aztecas por su parte, imponían a los pueblos tributarios una contribución de hasta 15 mil toneladas anuales; empleándose como alimento, ofrenda para los dioses, y  como aceite refinado utilizado para pinturas corporales y decorativas.

Todavía en nuestros días, en el pueblo de Temalacacingo en Guerrero, es una tradición sembrar y cosechar en junio la semilla, ya que de ellas extraen el aceite para pintar jícaras y otros objetos. Por su parte los indígenas Purépechas de Michoacán, utilizan la Chía silvestre para hacer tamales chiquitos, alimento que llevan en sus viajes para colocarlos en el altar de los muertos.

Mientras tanto, las ciudades utilizan principalmente el fruto de la planta para la elaboración de bebidas refrescantes; siendo el centro del país la región que más consume la famosa el agua de Chía, que en realidad es un agua de limón a la que se añaden las semillas hidratadas, dándole una consistencia y apariencia interesante al agua pues flotan en ella. Además, en México se suele utilizar en guisados y, los brotes más tiernos de las semillas, se consumen como verdura cruda o cocida y en ensaladas.

El agua de Chía se acostumbra en los días calurosos, durante la Semana Santa y en la casas donde sobrevive la costumbre de tener el altar de la Virgen de los Dolores, en donde se obsequia la bebida a los concurrentes que participan en los rezos; en este caso la chía simboliza las lágrimas de la también conocida Viergen de la Piedad.

 

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